QUIÉN SOY

Mi nombre es Marta Enguix, soy autónoma y me dedico a la formación del profesorado y familias

en educación emocional. 

Soy docente, diplomada en Educación Infantil por la Universidad de Valencia. También me he formado en educación emocional y autoconocimiento, coaching educativo, relaciones humanas, educación para la salud comunitaria, educación Sexual, igualdad de género y prevención de la violencia, en diversos cursos y dos máster universitarios, realizados en la universidad de Sevilla y en la de Alcalá de Henares en Madrid.

Además soy madre y formo parte de uno de los AMPAS del CRA de Javalambre colaborando en diversas comisiones, especialmente en la de educación emocional.

ÉSTA ES MI HISTORIA...

Mi infancia no fue exactamente un camino de rosas, en realidad ni lo fue mi infancia ni lo ha sido mi vida tampoco, otra cosa es mi creatividad emocional que me ha permitirlo integrarla y transformarla en opciones, posibilidades y aprendizajes, que me ha ayudado a darle diversos colores a la paleta de circunstancias personales que la vida me ofrecía. Pero si tuviera que definirla en una palabra, la última que elegiría sería “Fácil”.

El camino recorrido me ha hecho  comprender que los aprendizajes más profundos se realizan en contextos incómodos, y que además esos contextos habitualmente van acompañados de una profunda emoción.

Las cosas que aprendí durante los pequeños y grandes acontecimientos de mi vida se las debo en parte a mi gran herida. Mi discapacidad. Mi gran enemiga y mi gran aliada en la vida para saber cómo impulsarme siempre hacia delante, como superarme

cada día, como atender y amar mi cuerpo como se merece, para entender lo que significa estar mal y para saber saborear el estar

bien, para aprender a estar conmigo y no sólo conmigo, sino de mi lado.

Nací con una malformación que hizo que  viniera al mundo con sorpresa, una grave escoliosis congénita que condicionaría

y determinaría mi vida a grandes dosis de sufrimiento corporal y emocional.

Mi madre siempre me recuerda una frase que dijo el médico cuando salió de quirófano después de operarme por primera vez “Esta niña tiene muchas ganas de vivir” y no le quito verdad, aunque no siempre las tuve.

A partir de ese momento tuve que demostrar con creces que aquella frase era cierta, pues así fue como empecé con la primera

de diez intervenciones quirúrgicas de columna vertebral que fueron tratando de erguir mi cuerpo hasta que dejé de crecer.

Creo que no es necesario entrar en detalles pero si decir que las operaciones eran largas y muy dolorosas, y la recuperación también

se convertía en un periodo duro en el que tenía que luchar con fuerza para volver a recuperar la movilidad y el bienestar corporal

y emocional.

Más triste que esta serie de circunstancias que me hicieron madurar a golpes y a dolores, es la sensación de no saber si prefería estar en el hospital o en el colegio. Y es aquí donde toma razón de ser mi camino profesional.

El hospital que tanto tiempo me robó de mi infancia representaba para mí el dolor físico, sin embargo el colegio, el otro gran ladrón

de mí tiempo, significaba dolor emocional, desprotección, soledad, estado de alerta, e incluso miedo.

En todos los años que estuve escolarizada nadie me preguntó cómo me sentía conmigo, con mi cuerpo lleno de cicatrices y con un aparato ortopédico que no me dejaba apenas movilidad y me hacía parecer un patito feo.  Nadie se interesó realmente por saber

si recibía buen trato por parte de mis compañeras, o si me podían ayudar en algo…

La escuela se convirtió para mí en un  espacio donde  lo más importante que había que aprender cada día era a protegerte emocionalmente y salir airosa, al menos ese aprendizaje sí que servía para algo, te permitía sobrevivir y tirar hacia delante.

Del resto de aprendizajes dudaba de su utilidad y aun en la actualidad sigo dudando.

Viví mi infancia deseando hacerme adulta, y al conseguirlo me di cuenta de una serie de cosas por las que yo tenía que poner

mi granito de arena en esta sociedad en la que vivimos, y en la que el maltrato y la violencia están tan normalizados.

Tenía que colaborar para transformar este sistema educativo que bebe inconsciente de patrones y mandatos sociales, y que vierte en los niñ@s sin apenas darse cuenta.

Trabajar para que la escuela se convirtiera en un lugar donde se pudiera ser feliz, donde la palabra aprendizaje fuera de la mano

de adjetivos como confianza, respeto, empatía, emoción, curiosidad. Un lugar donde se mirara a los niñ@s al corazón y donde se respetaran las características personales y emocionales de cada un@, para saber cómo acompañarles y guiarles, durante un proceso que les enseñara a conseguir una mejor versión de ell@s mism@s.

Para lograrlo me dediqué en cuerpo y alma a la formación en autoconocimiento, educación emocional, relaciones humanas, sexualidad. Desde 2003 hasta la actualidad no he dejado de aprender y de transmitir los conocimientos que he vivenciado a través

de diversas formaciones que podéis leer en mi currículum y que ahora no voy a describir aquí. Lo que no puedo dejar de expresar

es como entiendo y transmito yo la educación emocional.

En mi opinión, no se puede aprender sobre emociones sin querer emocionarse, sin sentir aquello que después vamos a introducir en el aula, sin pasarnos las propuestas educativas por el cuerpo y la emoción. No se puede ayudar a nuestros alumn@s, o hij@s, a gestionar la tristeza si no sabemos sostenerla; Ni enseñar cómo gestionar el enfado si nos violenta su expresión y no le dejamos espacio en nuestra vida, o no somos capaces de expresarlo de forma adecuada  para solucionar nuestros propios conflictos.

De nada sirve la educación emocional si no va acompañada de coherencia y verdad, de un modelo que se conoce a sí mismo,

que reconoce y entiende sus emociones y sabe cómo gestionarlas y expresarlas para obtener aquello que necesita o desea.

Por estas razones mi metodología es práctica y vivencial, y expone a la persona que desea aprender a situaciones que provocan emoción, sólo de esta manera somos capaces de que aparezcan los miedos, las resistencias y el conflicto con la propia emoción,

y sólo así, desde esta toma de conciencia se es capaz de abordarlo y gestionarlo, de encontrarle sentido a la práctica educativa,

para ofrecer una educación emocional de calidad basada en la coherencia.

¿Te atreves a recorrer el camino? Te invito a visitar mi página por si puede hacerte de guía. Gracias por tu atención.

 

Marta.

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